Los Comuneros de Mérida

Por Francisco Tiapa

Por varios días consecutivos entre julio y agosto del año 1781, las poblaciones del Táchira hasta la nevada cima de Mucuchíes, en Mérida, Venezuela, se vieron invadidas por los amotinados del reclamo popular.

1781

A FINALES DE LA ÉPOCA COLONIAL se inició en la región de Los Andes venezolanos la insurrección de los Comuneros, como una de las tantas formas de subvertir el orden instaurado por las oligarquías de la Corona española y la Iglesia. Esta rebelión estuvo influenciada por distintas revueltas originadas en otras regiones dominadas, por el colonialismo español, como los Virreinatos del Perú y de la Nueva Granada.

La imposición de cargas tributarias, que sólo beneficiaban a las élites metropolitanas, dio lugar a una unificación de todos los sujetos insertos en el sistema productivo de las tierras comunales. Sumado a los impuestos, la Corona estableció el estanco del tabaco y de la caña de azúcar: medida que perjudicó a los habitantes del campo y especialmente a la región andina, donde se dedicaban a estos cultivos.

Hacia finales del Siglo XVIII, las reformas administrativas del Imperio español estuvieron orientadas a la intensificación de los beneficios extraídos del sistema colonial, estructurado durante más de dos siglos.

Aún cuando este sistema en sí mismo ya estaba organizado de una manera que sostenía toda una macroestructura de producción y reproducción de capitales que iban a parar a las arcas de la Corona, se diseñaron medidas fiscales de modo que aumentase el provecho sobre el trabajo de los habitantes de las colonias.

De esta manera, a la dinámica de acumulación de riqueza que se había reproducido a lo largo de la época colonial, se sumaría una nueva dinámica dirigida a un mayor aprovechamiento de las riquezas producidas en estos territorios.

Estas nuevas políticas de explotación se establecieron sobre una estructura donde ya se habían configurado conciencias colectivas subalternas, con sus propios modos de vida y sus propios sentidos de pertenencia.

(…)

El interés de la Corona estaba en impedir cualquier tipo de autonomía por parte de los pobladores de las colonias, por medio de planes de administración del comercio, de la recaudación de impuestos, la fiscalización y el control de cualquier tipo de evasión a través de lo que se consideraba contrabando.

Así se crearon los impuestos de alcabalas almojarifazgo, que gravaban el comercio, la importación o exportación fuera de la provincia, las pulperías, el aguardiente, los dulces y los cultivos de tabaco, entre otros.

De este modo se invadían las esferas de todo un amplio conjunto de tejidos sociales, estructurados alrededor de la producción doméstica y de formas comerciales históricamente reproducidas a partir de la reafirmación de solidaridades y reciprocidades.

Sobre la base de estos tejidos y de estas cooperaciones se habían construido otras visiones de mundo, no controladas por los grupos hegemónicos y que, de manera constitutiva, habían derivado en nuevas formas de construcción de identidades.

Con los impuestos se estableció el estanco del tabaco, lo que perjudicó especialmente a la población campesina de Los Andes, donde se dedicaban a su cultivo. Por esta disposición todo el material se depositaría en el estanco y la comercialización se haría, exclusivamente, por medio del control de los funcionarios coloniales.

(…)

LA REBELIÓN

Hacia el año 1781, en el Nuevo Reino de Granada, se había creado un clima de tensión a raíz de la manera en que se ejecutaba la orden del cobro de impuestos por parte del Regente Visitador Don Juan Gutiérrez de Piñeres. A las puertas de las Alcaldías de pueblos y ciudades, se hicieron reclamos en pro del bien común, por medio de gritos como el de: “¡Viva el Rey y abajo los impuestos!

La situación llegó a tal punto que se temía que se reprodujese una situación similar a la rebelión de Tupac Amaru en Perú.

En una carta del visitador Juan Francisco Gutiérrez Piñeros, enviado a Nueva Granada por Carlos III, se dio cuenta del agitado panorama en el que se encontraba esta región. En ésta se hizo referencia a los sitios específicos, a la participación de lo que él llamaba “gente de color” (para hablar de la población campesina no blanca), además de mencionar las acciones represivas llevadas a cabo por las autoridades.

(…)

Con este testimonio se ilustró cómo la Villa del Socorro era el sitio donde se había desencadenado una revuelta que, posteriormente, tendría dimensiones mayores. Además, el hecho de que quienes comenzaran la revuelta fuesen llamados “gente de color”, da cuenta de que los eventos de subversión del orden instaurado se habían desencadenado en un grupo social que, por su posicionamiento entre los estratos más bajos de la estructura colonial, tenía una perspectiva de esa sociedad en la cual las injusticias estaban imbricadas con su misma vivencia.

En la medida en que la revuelta fue cobrando forma, se unirían sujetos de otros grupos sociales que, en circunstancias menos agitadas, pertenecían a grupos más privilegiados, con una conciencia que en otros momentos estuvo más adherida a la voluntad de las autoridades coloniales.

De la misma manera en que la insurrección pasó a otros grupos sociales, la solidaridad con el movimiento traspasó la esfera territorial de la Villa del Socorro. Desde esta población –en la Nueva Granada– el movimiento pasó a Cúcuta, San Antonio, San Cristóbal, La Grita, Bailadores, Mérida y Timotes.

(...)

La imagen del monarca era el equivalente de la legalidad, la cual no sólo oprimía a los sectores subalternos, sino que restringía la libertad de acción de las autoridades coloniales.

En tal sentido, la presencia de esta figura autoritaria abstracta en la rebelión era una forma de darle legitimidad, por medio de la evocación de la figura que limitaba el rango de acción de los representantes de las instituciones coloniales.

Estos, de manera contradictoria también legitimaban la satisfacción de sus intereses personales por medio de la alusión de las figuras que simbolizaban el poder de la monarquía.

Rápidamente el clima de subversión pasó a las poblaciones que, en la lógica geopolítica impuesta por la colonia, pertenecían a la Capitanía General de Venezuela. Los vecinos de Pamplona trataron de convencer a los del Rosario de Cúcuta de unirse a la lucha, pero estos últimos prefirieron mantenerse adheridos a las autoridades coloniales.

(…)

La posibilidad de que se construyese una identidad común entre los blancos propietarios, los campesinos, los indígenas y la “gente de color” estuvo relacionada con una intensificación de la represión del sistema; que llegó al punto en que los sujetos pertenecientes a los grupos privilegiados tuviesen una vivencia que los identificó con aquellos que, históricamente, se encontraban en la situación menos ventajosa.

Aunque desde los puntos de vista locales de los dirigentes de la rebelión no estaba claro que el horizonte de un movimiento como ese era contradictorio con la referencia a la imagen del Rey, sí estaba presente, en cambio, la necesidad de establecer distancia y diferencias con las políticas de los agentes que representaban al sistema.

La revuelta se originó como respuesta a los constreñimientos del orden imperante, de una manera en la cual el posicionamiento de los sujetos, en la dinámica de la sociedad colonial, definía sus adherencias o aversiones a las distintas agencias ubicadas en diferentes puntos de la escala.

Esto se entiende si se tiene presente que toda representación colectiva de la realidad es la articulación de acciones y reacciones frente a situaciones contingentes, junto a la representación imaginaria de una realidad presente o de un futuro ideal que podría llegar a ocurrir. De esta manera se evidencia cómo la construcción de una nueva identidad geocultural está directamente relacionada con la representación de la diferencia en contraste con las figuras de poder lo que, a su vez, abre el abanico para la diagramación de nuevas utopías sociales.

En los comunicados, además del llamado a la protesta, estaba presente la amenaza de represión por parte de los agentes del sistema dominante. Dentro de las mismas poblaciones que se fueron sumando al naciente movimiento, habían algunos sujetos que mostraban una mayor identidad con el orden impuesto.

(…)

En el transcurso del mes de julio, el movimiento había avanzado por los caminos que comunicaban a las poblaciones fronterizas y había logrado la adhesión de San Cristóbal, al punto en que el 7 de julio, los comuneros entraron a la ciudad, ya sublevada contra las autoridades. A ésta le siguieron Táriba, Lobatera y La Grita. El manifiesto, que circulaba desde junio, se plasmó por medio de carteles que empezaron a aparecer en lugares visibles, carteles que llamaban al alzamiento:

Los principales lugares de este reino, cansados de sufrir las continuas tensiones con el mal gobierno de España, que nos oprime con la esperanza de ir a peor, según noticias, hemos resuelto sacudir tan pesado yugo y seguir otro partido para vivir con alivio. Sabemos que esta provincia desea lo mismo y así emprenden sus mejores resoluciones que las fuerzas unidas son invencibles. Del Perú tenemos ayuda para tomar los puertos. En todo, Dios nos ayude.

En La Grita los comuneros entraron el 10 de julio, entonces se depuso al administrador de la Real Hacienda José Trinidad Noguera, que además fue detenido. Los papeles de esta instancia fueron incautados y los almacenes de tabaco y chimó fueron puestos a disposición del común, al igual que todos los recursos disponibles. Así, el movimiento avanzó hacia Bailadores, Estanques y Lagunillas.

Al pasar por estos poblados sus habitantes se sumaron al movimiento y al acercarse a Mérida, la mayor parte de sus habitantes, junto a unos pocos “notables”, se unieron a la insurrección. A esta ciudad llegaron el 27 de julio, con una caravana de más de seiscientos hombres que venían armados con escopetas, lanzas, flechas, sables y garrotes y que hicieron campamento entre la una y las dos de la tarde, para que al día siguiente se les sumase una multitud.

(…)

En el caso de Mérida, las condiciones que propiciaron la insurrección estuvieron caracterizadas por excesivos impuestos y por los estancos de los principales productos agrícolas, lo que afectaba a las familias más pobres.

Los Comuneros querían una acción pacífica, puesto que no tenían la fuerza para lograr una victoria por la vía de las armas y que, aún así, estaban optimistas sobre el desenlace de la rebelión que traería mejoras a las condiciones de la región.

Así, por varios días consecutivos, los de julio y agosto del año 1781, las poblaciones del Táchira hasta la nevada cima de Mucuchíes, se vieron invadidas por los amotinados del reclamo popular. Los “munícipes de Trujillo” se reunieron precipitadamente en la Mesa de Esnujaque –y en tanto llegaban el Alcalde Ordinario de primer voto, D. Ramón de la Torre y el Procurador General, D. Ignacio de Segovia– contestaron el 14 siguiente con evasivas.

Los merideños les replicaron desde Timotes, línea divisoria, que esperaban su resolución para invadir o no. El Cabildo trujillano tomándolo como un movimiento meramente granadino, puesto que así lo calificaban los mismos de la invitación, no quiso tomar carta en el asunto. Esto posiblemente estuvo relacionado con el hecho de que la Provincia de Mérida había pertenecido desde su fundación hasta 1777 al Nuevo Reino de Granada.

Así, territorialmente, la revuelta avanzó hasta la población de Timotes, desde donde se invitó a los habitantes de Trujillo a unirse a ella, lo cual no aceptaron. Los trujillanos resolvieron no sumarse a la revuelta dado que, al pertenecer a otro ámbito jurisdiccional, tenían noticias sobre el movimiento militar que se estaba organizando como represalia.

Cuando las autoridades coloniales vieron el alcance del alzamiento y el tipo de orden político que planteaba, no dilataron en tomar medidas represivas y enviar sus tropas desde Maracaibo y Caracas. Desde Caracas se enviaron dos expediciones y desde Maracaibo otra que, en total, sumaban más de trescientos hombres. La segunda marchó por territorio trujillano, por La Ceiba, hasta llegar al sitio de La Mesa cercano al lugar donde estaban concentrados los Comuneros, quienes ante la presencia de las fuerzas expedicionarias, optaron por retirarse. En esta retirada pasan a Mérida, donde ya había llegado desde La Grita el principal dirigente, García de Heiva.

Una vez que los comuneros se fugaron y se dispersaron, tuvieron que pasar por la justicia real, la que no tardó en arremeter contra los amotinados. Esta reacción violenta contrastó con el carácter pacífico de la insurrección comunera, que hasta ese momento había evitado todo tipo de agresión física. El alzamiento fue reprimido y sus dirigentes fueron apresados y embargados, aunque en poco tiempo fueron indultados.

LA IDEA DE AUTONOMÍA FRENTE AL RÉGIMEN

En la revuelta comunera estaba presente la idea de autonomía frente al régimen colonial, y la conformación de un orden económico y político sobre la base de la propiedad colectiva. Este tipo de propiedad tuvo sus orígenes históricos a partir de la fusión entre las imposiciones del capitalismo agrario y las tradiciones culturales indígenas.

Las primeras contemplaron que, tanto los indígenas como los campesinos no indígenas, tuviesen acceso a la tierra comunal. Sin embargo, la Corona establecía que este derecho se restringiese a su usufructo, sin que los comuneros pudiesen decidir sobre la tierra en sí, lo que quedaba reservado a las autoridades coloniales.

Aún cuando fuese una estructura impuesta, en estos espacios comunes se configuró una conciencia colectiva basada en la cooperación y en el trabajo por el interés mutuo. Tal conciencia pronto traspasó las fronteras entre grupos estamentales y étnicos, al poder articular a los indígenas con los pardos y blancos criollos, en función del trabajo colectivo.

Este sentido de la identidad subalterna se fortaleció cuando la oligarquía peninsular impuso medidas que sólo favorecían a los grupos hegemónicos y a la estructura política peninsular. Así, el orden impuesto y sus instituciones fueron resignificadas por aquellos que habían sido sujetos de explotación, para convertirse en los principales actores por la exigencia de reivindicaciones.

Procesos similares han ocurrido en la historia de la lucha contra el capitalismo, como es el caso del movimiento obrero en la sociedad industrial.

La conciencia colectiva que llevó a la sublevación fue también el germen del sentido de patriotismo ante las autoridades realistas.

En las exigencias y proclamas del movimiento estaba presente la idea de una patria que iba de la mano con la lucha ante la explotación y de la unidad entre los diversos grupos culturales y étnicos que ya compartían una historia común: aún cuando desde las minorías hegemónicas se impusiese su separación.

Para el momento de la insurrección, estas ideas aún estaban en una fase de configuración, algo que en el marco del sistema político, controlado por la Iglesia y la Corona, parecía impensable y por lo tanto era revolucionario.

La insurrección comunera fue una reacción ante la opresión del sistema de explotación colonial, llevada a cabo por sujetos históricos que habían configurado su identidad al interior de ese mismo sistema.


ESTE TEXTO ES UNA VERSIÓN EXTRAÍDA DEL LIBRO: LOS COMUNEROS DE MÉRIDA; ADAPTACIÓN Y EDICIÓN POR CHAMBA.COOP.

Para descargar: