La primera vez que en Afganistan hubo cooperativas

Por Rodolfo Nadra

Tras la invasión norteamericana a Afganistán en 2001, y el derrocamiento del régimen Talibán, no solo se ha multiplicado la extracción de opio: también desde 2001 hasta la fecha se han creado más de 3.000 cooperativas de mujeres con ayuda de las Naciones Unidas.

Pero antes del gobierno fundamentalista, impulsado por el mismo occidente que lo derrocó, un gobierno había impulsado la economía solidaria y el empoderamiento femenino, en el hasta entonces país feudal. Rodolfo Nadra narra parte de lo que lograron los trabajadores en la República Democrática Afgana, antes de la intervención fundamentalista apoyada e impulsada por Occidente.

1978

Todo empezó a las 9 de la mañana del 27 de abril de 1978. Al anochecer la revolución había triunfado en un país al que los expertos de las Naciones Unidas incluían entre los más atrasados de la tierra, sin asignarle perspectiva alguna de cambio. Comenzaba a realizarse el sueño secular de los afganos: crear una sociedad sin opresores ni explotados.

La prensa burguesa de los países capitalistas se apresuró a contabilizar miles de muertos de resultas del “golpe militar”, soslayando que se trataba de una revolución democrática nacional, apoyada por la mayoría patriótica del Ejército y por la población. En realidad, hubo un centenar de bajas, entre ellas el propio Daud que pereció en los enfrentamientos. Como se ve, muchas menos que las que dejó la represión contra las pacíficas manifestaciones pocos días antes.

Milicias populares colaboraban con los militares en los puntos claves de la ciudad y organizaban la solidaridad civil frente a los cuarteles y en los caminos, distribuyendo agua y comida a los soldados. Al enterarse del triunfo de la revolución, miles de personas salían a las calles en todo el país para expresar su apoyo al nuevo poder popular.

La herencia de los regímenes anteriores era una economía primitiva con estructura feudal en la agricultura, pobre desarrollo industrial y analfabetismo casi absoluto entre los casi 15 millones 600 mil habitantes. Por eso la revolución declaró la guerra, en primer lugar, al atraso, y las primeras medidas fueron dirigidas a las masas trabajadoras.

el decreto Nro. 6 que eximió a 11,5 millones de campesinos pobres del pago de intereses por los empréstitos otorgados por usureros y mandes terratenientes, les restituyó parcelas hipotecados y creó facilidades para el ajuste de cuentas con los acreedores.

El vasto programa gubernamental expuesto el 9 de mayo por Nur Mohammed Taraki, secretario general del Comité Central del PDPA y presidente del Consejo Revolucionario, anunciaba trasformaciones sociales y económicas cardinales. Las fuerzas patrióticas lo apoyaron vivamente y emprendieron su cumplimiento. Las tareas estratégicas en el ámbito interno eran, entre otras: reforma agraria radical, democratización de la vida social, liquidación del analfabetismo, igualdad de la mujer, supresión de la opresión y la discriminación nacionales, industrialización del país apoyándose en el desarrollo del sector público, superación del desempleo y control de precios.

En el plano internacional, el nuevo gobierno se declaró partidario de la política de no alineamiento, de la lucha por el desarme general y completo y por profundizar la distensión, en apoyo de los movimientos de liberación nacional y por robustecer las relaciones de amistad y cooperación con los vecinos y, en general, con todos los países pacíficos. Y así lo cumplió al pie de la letra.

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Revolución y contrarrevolución

Semanas después de la Revolución de Abril, en una fábrica textil cercana a Kabul nació el primer sindicato afgano. En julio ya funcionaban 30, agrupando a 30.000 trabajadores y artesanos. Por primera vez se fundaban en el país organizaciones progresistas juveniles y femeninas. A comienzos de mayo fueron rebajados entre 20 y 30 por ciento los precios de muchos artículos de primera necesidad.

Al abrir las puertas de las cárceles, el poder popular se encontró con 33 mil presos, en su mayoría gente humilde, que eran sometidos a torturas y mantenidos en condiciones infrahumanas, en muchos casos con cadenas y grilletes. Más de 10 mil de ellos, campesinos sin medios, presos durante años por la simple razón de no tener dinero para pagarse la defensa, fueron liberados en las primeras semanas. Se formó una Comisión Jurídica para garantizar los derechos democráticos del pueblo y un decreto especial estableció la distribución.

Prácticamente no pasaba un día sin que se celebrara un mitin de apoyo a la revolución en alguna empresa, institución o liceo. El nuevo gobierno orientó todos los esfuerzos hacia el logro de una relación armónica con el clero y, con ayuda estatal, comenzaron obras de reparación de las viejas mezquitas y construcción de nuevas. En Afganistán, el 99 % de la población es musulmana, distribuida en más de 20 etnias diferentes.

Mientras se preparaban los planes sobre la reforma agraria profunda, en el verano de 1978 comienza a allanarse el camino con el decreto Nro. 6 que eximió a 11,5 millones de campesinos pobres del pago de intereses por los empréstitos otorgados por usureros y mandes terratenientes, les restituyó parcelas hipotecados y creó facilidades para el ajuste de cuentas con los acreedores.

En los 100 días siguientes a la revolución, empleando el método de obra popular y donativos económicos de la población, se crearon centenares de escuelas en las que comenzaron a dar clases miles de jóvenes de ambos sexos que antes no tenían trabajo. El nuevo poder concedió a la mujer iguales derechos que al hombre para incorporarla a la edificación de la nueva vida. Se aumentó considerablemente el número de profesoras, médicas y funcionarias. En el otoño de 1978, por primera vez en la historia de Afganistán, en las escuelas técnicas del país ingresaron 50 muchachas.

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Por primera vez se fundaban en el país organizaciones progresistas juveniles y femeninas. A comienzos de mayo fueron rebajados entre 20 y 30 por ciento los precios de muchos artículos de primera necesidad.

En enero de 1979 comienza a efectivizarse el decreto de la reforma agraria. Miles de campesinos reciben sus parcelas y gran parte de los antiguos terratenientes abandonan el país para complotar desde afuera. Otros se quedan para entorpecer el proceso desde adentro. Un maquiavélico plan, de 1a, CIA se pone en movimiento y se acentúan las incursiones desde Pakistán de bandas pertrechadas con dinero y armas estadounidenses y chinas. El 15 de febrero un grupo terrorista de derecha asesina en Kabul, luego de secuestrarlo, al embajador norteamericano Adolph Dubs. Se crea una situación tirante y la Casa Blanca anticipa; mayor “dureza” hacia el gobierno afgano. Hafizullah Amín, entonces canciller de Afganistán, acumula dos semanas después el cargo de primer ministro que ocupaba Taraki. Personaje hábil e intrigante, Amín iba consolidando una carrera meteórica hacia la instauración de su poder personal. Como pudo comprobarse después, desarrolló una clara estrategia divisionista dentro del PDPA, asesinó a centenares de sus militantes y patriotas sin partido, y promovió una política aventurera en la aplicación de las reformas, favoreciendo de hecho a la contrarrevolución.

El medio nutricio de la reacción eran los círculos cuyos privilegios habían cesado: terratenientes, ricos comerciantes, oficiales licenciados, parte del viejo funcionariado, el clero reaccionario, otros representantes de la élite derrocada y elementos promonárquicos. Procuraban influir en la mentalidad y el estado de ánimo de los creyentes y especulaban con los sentimientos religiosos de millones de afganos musulmanes, algunos dispuestos, por su ignorancia y el peso de las tradiciones seculares, a obedecer ciegamente al clero reaccionario o a los señores feudales. Como en la “civilización occidental y cristiana”, los argumentos de clase contra los cambios aparecen revestidos con la misma etiqueta. Las trasformaciones socioeconómicas y los pasos que daba el gobierno en cuanto a la cultura y la instrucción contrariaban las “tradiciones y hábitos” del Islam. Lógicamente, las clases explotadoras derrocadas defendían con tenacidad sus privilegios, pero resulta claro que si hubieran carecido de apoyo foráneo se hubieran ahogado.

En los primeros días de marzo de 1979, miles de familias campesinas, en diez provincias, habían recibido su parcela. El gobierno dispone el comienzo, en otras nueve provincias, de la distribución gratuita de campos a los labradores con poca o ninguna tierra. Y a mediados de ese mes se acentúa la agresión exterior. Millares de facciosos asaltaron cuarteles, el arsenal y los depósitos de alimentos de Herat, tercera ciudad del país. Arrastraron a parte de los pobladores a su acción contrarrevolucionaria y provocaron desórdenes de índole religiosa y choques con las tropas gubernamentales. Ocurrió lo propio en la provincia de Kunar y Farkhar, cabeza de distrito de la provincia de Takhar. De los países vecinos, por el sur y el oeste, afluyeron a Afganistán bandas bien armadas y provistas de gran cantidad de dinero.


ESTE ES UN FRAGMENTO DEL LIBRO DE RODOLFO NADRA AFGANISTÁN DESDE AFGANISTÁN, PUBLICADO EN 1980 POR LA EDITORIAL FUNDAMENTOS DE BUENOS AIRES. LO ENLAZAMOS Y CORREGIMOS EN CHAMBA.COOP A PARTIR DE UNA DIGITALIZACIÓN QUE ENCONTRAMOS EN LÍNEA.