El fin del trabajo: el tiempo de los gurúes

Por Michel Husson

El economista Michel Husson disecciona la teoría eurocéntrica sobre el fin del empleo, a partir del trabajo de uno de sus profetas y «gurúes», el también francés Bernard Stiegler.

La crisis actual genera un clima degradado, por la desorientación y la desesperanza: «El viejo mundo se muere, el nuevo mundo tarda en aparecer y en ese claroscuro surgen los monstruos» (Gramsci). Es también el tiempo de los gurúes.

La lista de los candidatos es larga pero aquí nos interesa Bernard Stiegler que prometió un proyecto de transformación social basado en las transformaciones tecnológicas. Siegler es un «filósofo francés que centra su reflexión sobre los desafíos de los cambios actuales, sociales, políticos, económicos, sicológicos, provocados por el desarrollo tecnológico y especialmente las tecnologías digitales. Fundador y presidente del grupo de reflexión filosófica Ars industrialis creado en 2005, así mismo, desde 2006 dirige el Instituto de Investigación e Innovación (IRI) que creó en el centro Georges Pompidou».

Así es la presentación que da Wikipedia de Siegler. Pero también es un teórico del «fin del empleo» y de lo que hablaremos aquí a partir de un libro entrevistas, más accesible que sus otras obras.

Profetismo

El punto de partida es la postura del gran iniciado, que tiene la clarividencia y valentía de anunciar lo que debe suceder: «Afirmar que el empleo está condenado a extinguirse, no es la mejor manera de ser popular. Hoy en día existe una obsesión por el empleo; en realidad, es la negación de un proceso completamente opuesto, y el choque político que se prepara en esta contradicción entre el discurso y la realidad es terrible. Está mal visto decir que la redistribución del poder adquisitivo por el mundo industrial bajo forma de salarios, maltratada desde el final de la década de 1970, está en fase de desaparecer a causa de la automatización».

Es el fin del asalariado, no inmediatamente, sino a largo o breve plazo: «con el paso del tiempo, las y los asalariados se convertirán en una especie residual de una época pasada. Por supuesto, aún habrá empleos porque en ciertos sectores, se seguirá necesitando mano de obra humana proletarizada pero esto será excepcional». Se van a crear considerables ganancias por la «automatización integral y generalizada» y no podrán ser redistribuidas mediante el salario, puesto que el salario está llamado a desaparecer.

Frente a una «verdadera conjura de los necios» que se empeña en ocultar el futuro, es urgente, según Stiegler, «crear un nuevo modelo, a falta del cual, la “defensa del empleo” es una batalla perdida en breve plazo». Todo este razonamiento es una estafa, como hemos intentado demostrar en una contribución anterior. Pero hay que examinar con mayor detalle el «nuevo modelo» que propone Stiegler.

Un sueldo desconectado del empleo

Stiegler no tiene miedo a las afirmaciones rotundas; por ejemplo: «un forma muy buena de suprimir el paro es suprimir el empleo. Si no hay más empleo no hay más paro. El paro es un estado de carencia determinado por el derecho al trabajo, él mismo concebido sobre el modelo de empleo. El paro se define en relación al empleo».

Así pues, lo que propone Stiegler es una desconexión total entre el empleo (llamado a desaparecer) y lo que llama las «prestaciones de recursos». El sueldo debe ser distribuido de otra manera. Debe cumplir una primera condición, ser «favorable a la solvencia del nuevo sistema basado en la automatización» y permitir «la existencia de mercados a los cuales vender las mercancías producidas tanto por robots como por puestos de producción temporalmente (sic) asalariados». En fin, no se cuestiona el beneficio: «no se trata de prohibirlo; al contrario, sin él no habría inversión». Basta con «considerarlo» de otra manera: por una parte, en la perspectiva que no se reduce al mercado lo que es bueno para la sociedad, es un beneficio y por otra parte, en la perspectiva benéfica del mercado, pero de forma duradera, exige una recalificación de lo que es «rentable».

El valor también se transformaría: «sería un valor de nuevo tipo, más allá de los valores de uso y de cambio», un valor «negantrópico» que Stiegler bautiza como «valor práctico». Este valor que «no se usa, no se desecha», es el «saber» un valor «omnitemporal» (en el sentido de Husserl, precisa Stiegler). Este valor «es justamente el que produce las discontinuidades, en cuanto que eleva el nivel de la inteligencia colectiva por el contenido fundamentalmente cualitativo de las capacidades que cultivan».

Un salario contributivo

La solución se llama «salario contributivo». Este salario «se asigna de acuerdo a los derechos específicos del régimen de las discontinuidades». Stiegler insiste de entrada, que se trata de algo distinto al salario universal especialmente preconizado por los teóricos del «capitalismo cognitivo», con quienes, por otra parte, se identifica Stiegler. Por supuesto, el postulado base es el mismo: es necesario dar un salario a los individuos privados de empleo por los robots. Pero, puesto que ya no hay ni empleo ni paro, «será un salario contributivo (…) asignado a todo el mundo sobre la base de que permita vivir dignamente». A priori, parece que el salario «contributivo» no se diferencia de otros proyectos de renta universal.

Sin embargo, existe una diferencia esencial: el salario contributivo no es incondicional. Contrariamente a la afirmación de que este salario sería «asignado a todo el mundo», habría personas simplemente incapaces de acceder a ese famoso salario porque no podrían «entrar en los procesos sociales tal como los preconizamos». A estas «personalidades frágiles» (sin duda, desprovistas de las «capacidades» según Amartya Sen), sería necesario «en todos los casos, garantizarles un salario existencial en condiciones de supervivencia elemental».

El modelo de Stiegler es dualista. El proyecto no abarca al conjunto de la población en régimen de discontinuidad sino solamente a quienes su actividad les convierte en susceptibles de producir este «valor negantrópico» «elevando el nivel general de inteligencia colectiva por el contenido fundamentalmente cualitativo de las capacidades que cultivan». Todos no serán elegidos y las «personalidades frágiles» deberán conformarse con una «supervivencia elemental».

Es necesaria toda la fascinación ejercida por el discurso del gurú para no llegar a ver lo que este proyecto tiene de discriminatorio. A menos que se considere una sociedad idílica compuesta por individuos cuyas potencialidades se hubieran desarrollado íntegras, el modelo de Stiegler conduce a una sociedad de dos velocidades: de una parte, los artistas creativos en sentido amplio y de otra, esas «personalidades frágiles» cuya contribución «cualitativa» es nula. Esto no es un proyecto progresista.

Lo que hay que descifrar es el adjetivo «contributivo». Un sistema de seguridad social se llama contributivo cuando existe un vínculo más o menos estrecho entre las contribuciones realizadas por el individuo y la prestación obtenida en contrapartida, por ejemplo, entre cotizaciones y pensión. Así que un salario contributivo no es, por definición, incondicional: es «un derecho “recargable” en función de la actividad de socialización de capacidades desarrolladas por el individuo destinadas a los grupos».

Stiegler no dice quién decidiría los criterios para recibir ese salario y nunca se precisa su monto ─lo que probablemente sería una prueba de ordinariez. Se limita a anunciar que es necesario «reemplazar el poder adquisitivo por el saber adquisitivo». Por supuesto, la gente continuaría, no obstante, comprando «billetes de tren , ordenadores, latas de guisantes», pero esta compra no estaría organizada por un «poder adquisitivo». Que lo entienda quien pueda: la economía mercantil debe convertirse en «inteligente» y «sostenible» dice Stiegler, que amplía la perspectiva con uno de esos desarrollos oscuros que acostumbra.

A modo de ejemplo: «Todo esto debe ser situado en una perspectiva más amplia, que es la que de aquí en adelante llamaremos Negantropoceno, es decir, el estadio que debería seguir al Antropoceno del cual se trata de salir lo más rápido posible. Este será el tema de La Sociedad automática 2. El futuro del saber. El saber es lo que produce la negantropía y yo creo que en la época de los estudios digitales, de las especulaciones “post-humanistas” y de la narrativa transhumanista (ultraliberales estadounidenses de derecha y muy peligrosos), hay que repensar de parte en parte las condiciones de posibilidad en la perspectiva que aprehendemos, en el seno de pharmakon.fr y con el grupo Noötechnics, como una negantropología.»

Zonas de excepción

Todo esto necesita, dice Stiegler, «repensar el derecho al trabajo, la fiscalidad, la formación y la educación, todo (…). Es necesario repensar completamente todo». ¿No es extraordinariamente interesante? Este impulso pretende eliminar todas las objeciones; sin embargo, a pesar de todo, Stiegler admite que «no hay derecho a salir del derecho al trabajo y esto felizmente es normal». Sin embargo, es una pena y hay que experimentar. «Debemos crear zonas de excepción bajo control para experimentar otros modelos de sociedad. E inventar un nuevo estado de derecho ante la automatización. Es necesario que algunos territorios puedan ser candidatos y que les sean asignados medios excepcionales, no solo en financiación sino en acompañamiento de investigadores, en dispositivos de investigación contributiva e innovación social y tecnológica apropiadas asociando los componentes sociales y el mundo económico, etc. un verdadero “pacto de responsabilidad” ante el futuro y por la juventud».

La experimentación local

Bajo los auspicios de Stiegler, Ars Industrialis lleva un experimento en Sena-Saint-Denis con la Comunidad Urbana Paine Commune. El objetivo de este proyecto es «implicar el territorio en lo digital» y hacer que «los habitantes ya no sean consumidores sino ordenantes de servicios digitales». Para ello, será necesario «concebir una nueva arquitectura de red» bajo la forma de «plataformas web que permitan la formación de comunidades aprendices y contribuidoras sobre la base de una web negantrópica (sic). Se crearán tres cátedras que tendrán por función “desarrollar sistemáticamente recursos de capacitación para los beneficiarios del salario contributivo”».

Antes que nada, hay que confrontar los puntos de vista y Stiegler cita una larga lista heteróclita de potenciales contribuidores: Marc Giget, Michel Volle, Paul Jorion, Roland Berger, Oxford, l’Institut Bruegel, le MIT, Jean Pisani-Ferry y… Bernard Stiegler. Las malas lenguas dirían que el primer objetivo es garantizar el flujo de subvenciones que van a Ars Industrialis.

¿Cuál es el quid del famoso salario contributivo? Es el último objetivo del proyecto: «desarrollar un nuevo proyecto de redistribución» Gracias a una ley de 2003 que autoriza a las colectividades a experimentar, sería posible «derogar la legislación en vigor» para testar un «nuevo modelo de redistribución de las ganancias de la productividad». Sin embargo, «las modalidades exactas del dispositivo no están definidas al día de hoy»: ese será «el objeto de las tesis de investigación contributiva por uno o varios doctorandos» que, sin duda, deberán previamente definir que es una «tesis contributiva» y apresurarse a terminarla en un tiempo récord pues la experimentación debería comenzar desde 2017.

Stiegler más allá de Marx

Stiegler no teme elevarse por encima de la discusión. Sus referencias son bastante eclécticas pero cada vez se esfuerza en marcar sus diferencias y en destacar los límites de pensadores en quienes, por otra parte, se inspira. Una prueba de ello es, por ejemplo, la fuerte crítica al Marx de los Grundrisse: «Porque no comprendió bien su propia teoría de la exteriorización como conductora a la proletarización, Marx, él mismo, finalmente fue incapaz de pensar esta materialidad hiper-material , la del saber como capital fijo, y no logró pensar y criticar la tecnicidad del capitalismo como revolución tanto farmacológica como terapéutica: no logró teorizar el impacto tecnológico y su transformación por la individuación psicosocial y por un impacto filosófico».

Sin duda, este galimatías no quiere decir gran cosa y, en cualquier caso, es un despropósito. Los Grundrisse, ofrecen una anticipación sorprendente de los efectos de la automatización. «Ya no es el trabajo el que aparece incluido en el proceso de producción sino más bien el hombre que se comporta como vigilante y regulador del mismo proceso de producción». En estas condiciones, «no es ni el trabajo inmediatamente realizado por el hombre ni su tiempo de trabajo (…) el que aparece como el gran pilar fundamental de la producción y de la riqueza» sino «el desarrollo del individuo social».

Su crítica definitiva de Marx no impide a Siegler valerse del Marx de las Grundrisse. Pero no retiene más que una idea de gama baja: «con la automatización, no habrá necesidad de personas empleadas». Según Stiegler, Marx plantearía la cuestión de qué sería un trabajo «libre o liberado» que quedaría fuera «del valor de cambio/valor de uso». Lo que ocurre es que Marx extrae una conclusión mucho más precisa de su análisis: «Con ello se desploma la producción fundada en el valor de cambio, y al proceso de producción material inmediato se le quita la forma de la necesidad apremiante y el antagonismo. Desarrollo libre de las individualidades, y (…) en general reducción del trabajo necesario de la sociedad a un mínimo».

También en este pasaje de los Grundrisse, Marx cita elogiosamente el bello aforismo extraído de un panfleto anónimo de 1821: «Una nación es verdaderamente rica si en lugar de 12 horas, se trabaja 6». Tampoco es inútil recordar este pasaje del final de El Capital, en el que Marx introduce una diferencia famosa entre libertad y necesidad que concluye con esta afirmación: «La condición esencial de esta realización es la reducción de la jornada de trabajo».

Stiegler, al contrario, da la espalda a la perspectiva de la reducción generalizada de la jornada laboral, en provecho de un proyecto de salario contributivo cuyas condiciones de asignación quedan oscuras. Se sitúa, con la especificidad que él defiende celosamente, en una lógica que considera logrado el fin del empleo e imagina una forma de redistribución de la riqueza compatible con el capitalismo en lugar de considerar las implicaciones anticapitalistas del «hundimiento de la producción basada en el valor de cambio».

El arte y la industria del gurú

Stiegler, una vez más, solo es un candidato-gurú entre otros (sobre los que habrá que volver) pero es una especie de tipo ideal puesto que despliega todos los procedimientos. La postura esencial es la de un profeta visionario capaz de discernir lo que el resto de los mortales no ve. Su retórica es del tipo de una revelación: «La urgencia de la misión reformadora del pensamiento, de la acción, de la economía y de la cultura que Stiegler se atribuye, a menudo, roza el tono profético», señala una crítica. Sin duda, esta empresa no tiene más que un alcance relativamente limitado (pero no nulo), pero suscita discípulos fascinados por esta misión.

Las demostraciones de Stiegler intentan fascinar y subyugar a sus potenciales adeptos mediante el uso de un vocabulario hermético y la multiplicación de citas sabias. Como testimonio, su propensión al name dropping (soltar nombres) que consiste, en sus escritos y conferencias, en multiplicar las referencias que mezclan hábilmente grandes nombres y autores mal conocidos u oscuros como una forma de presentar su propio discurso como una síntesis sobresaliente. Esta acumulación tiene también como función utilizar el argumento de autoridad. Por ejemplo, Stiegler se reclama a menudo de «Oxford» como si pudiera convocar la prestigiosa universidad como tal. En realidad, solo se puede referir a un documento de trabajo de los dos publicados. Stiegler practica también el «soltar nombres» en la desviación de las nociones filosóficas, como, por ejemplo, la invención de neologismos elevados al estatus de conceptos hasta tal punto que Ars Industrialis tuvo que incluir un glosario de términos a disposición de su público.

El estilo, la mayoría de las veces hermético, del que hemos dado algunos ejemplos, contribuye a la fascinación de su público. Por otra parte, es chocante que no hay sino unas pocas reseñas de libros que descifran la propuesta del salario contributivo en un principio más concreto.

En cuanto a la inserción de sus ideas en la realidad social, la actividad de Stiegler se despliega en dos frentes. En el plano institucional, solo se puede admirar su talento para ocupar puestos prestigiosos, por ejemplo en el INA (Instituto Nacional Audiovisual) o el Ircam (Instituto de Investigación y Coordinación Acústico/Música).

Stiegler se construye también una base social haciendo del régimen de discontinuos el modelo de sociedad futura. Y gracias a Patrick Braouezec, ha encontrado un campo de experimentación en Seine-Saint-Denis.

Esta crítica puede parecer inútil, injustamente ácida. Hay dos razones para explicar el tono adoptado. La primera es que el discurso sobre el fin del empleo no es nuevo ya que repite las mismas viejas temáticas desmentidas por los hechos. La segunda es que esta postura conduce a desviar la reflexión hacia caminos tangenciales, dicho de otra forma, alternativas que no ponen en cuestión la lógica capitalista aunque es ella quien transforma los cambios tecnológicos en desastre social: «el capital emplea la máquina como fuerza enemiga del obrero como y lo proclama en voz alta» decía Marx.


Texto de Michel Husson publicado en Alencontre, editado por Chamba Coop a partir de una versión de Viento Sur.
Las notas del artículo original fueron convertidas en hipervínculos.