El capitalismo cognitivo ¿un déjà-vu?

Por Enzo Rullani

En la plétora de discursos sobre la economía del conocimiento, por lo general se deja de lado la cuestión más importante, a saber: por qué sentimos hoy la necesidad de unir la producción de valor económico a la producción de conocimiento.

La unión de economía y conocimiento no es una novedad. Esta unión existe, y tiene mucha consistencia desde que, con la revolución industrial, la producción comenzara a utilizar máquinas —es decir, la ciencia y la tecnología incorporadas a las máquinas—; y después, con Taylor, a organizar científicamente el trabajo.

Toda la historia del capitalismo industrial, durante sus dos siglos de existencia, es la historia de la extensión progresiva de las capacidades de previsión, de programación y de cálculo sobre los comportamientos económicos y sociales a través de la utilización del conocimiento.

El «motor» de acumulación del capital ha sido puesto a punto por el positivismo científico, que ha recogido, en el último siglo, la herencia de las Luces, y que ha inscrito el saber en la reproductibilidad.

El conocimiento se ha puesto al servicio de la producción en tanto que conocimiento determinista, cuya tarea es la de controlar a la naturaleza a través de la técnica y a los hombres a través de la jerarquía.

Los resultados, en términos de ventajas prácticas, han sido notables —aumento de la productividad y de los ingresos—, pero ello al precio de la pérdida de la fuerza liberadora de una razón que, tras estar plegada a antiguas servidumbres, parecía preparada para imaginar, sentir, comunicar más allá de los límites del utilitarismo.

Reduciendo el conocimiento a un simple modo de cálculo y de control técnico, la modernización ha reprimido la variedad, la variabilidad y la indeterminación del mundo, para conformarlo a las exigencias de la producción.

En otros términos: la modernidad ha reducido de manera forzosa la complejidad —variedad, variabilidad, indeterminación— del entorno natural, del organismo biológico, del espíritu pensante y de la cultura social, a las dimensiones toleradas por la fábrica industrial. Es decir: a muy poco o a nada.

En el curso de los dos últimos siglos, el conocimiento ha jugado su papel en la objetivación del mundo, adaptando la naturaleza y los hombres a la producción. No ha llegado hasta el final. Sin embargo, en este proceso el conocimiento se convierte en parte integrante del desarrollo industrial, con las máquinas, los mercados y el cálculo económico.

Así, en el capitalismo moderno el conocimiento se ha convertido en un factor necesario, tanto como el trabajo o como el capital. Se trata, para ser más exactos, de un factor intermediario. Un poco como la máquina, el conocimiento «almacena» el valor del trabajo —y de los demás factores productivos— empleado para producirlo.

A su vez, el conocimiento entra en la producción gobernando las máquinas, administrando los procesos y generando utilidad para el consumidor

En el circuito productivo del capitalismo industrial, el trabajo genera conocimiento y el conocimiento a su vez, genera valor. De este modo el capital, para valorizarse, no sólo debe «subsumir » —con arreglo a términos marxistas— el «trabajo vivo», sino también el conocimiento que genera y que pone en el circuito. Ahí residen precisamente las dificultades de esta «subsunción», que impiden reducir de manera simple el conocimiento a capital y que, por consiguiente, dan sentido a la idea de capitalismo cognitivo.

El conocimiento no es un recurso naturalmente escaso, su escasez es solamente artificial

En tanto que término intermediario, el conocimiento no tendría ninguna influencia sobre la teoría del valor si no fuera más que una especie de bien semiacabado que no hace sino «conservar» y «transmitir», a los procesos en curso, el valor del capital y del trabajo utilizados para producirlo. Sin embargo, las cosas no suceden de esa manera. Ni la teoría del valor, de la tradición marxista, ni la liberal, actualmente dominante, pueden dar cuenta del proceso de transformación del conocimiento en valor.

Sin embargo, estas limitaciones no llegan a frenar más que temporalmente la imitación, la «reinvención» o el aprendizaje sustitutivo por parte de otros productores potenciales. La escasez del conocimiento, eso que le da valor, tiene, de esta suerte, una naturaleza artificial: deriva de la capacidad de un «poder», cualquiera que sea su género, para limitar temporalmente su difusión y para reglamentar el acceso.

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Economía de la velocidad

El valor de los actos cognitivos, que es garantía para esta forma de escasez artificial, tiende estructuralmente a menguar con el tiempo. Los valores económicos están inscritos en el tiempo y varían con éste. En este sentido, la economía del conocimiento es una economía de la velocidad: los valores no son stocks que se conservan en el tiempo, sino que estos decrecen con el aumento de la velocidad de los procesos.

Para poder extraer valor de los conocimientos es necesario, entonces, acelerar su uso con el fin de alcanzar la mayor difusión posible. Al mismo tiempo, el conocimiento es socializado a menudo en razón misma de su difusión. Es decir, conforme van cayendo las barreras que limitan su acceso, deviene patrimonio común para todos los concurrentes y todos los usuarios potenciales.

Difusión y socialización son dos procesos paralelos

Sin embargo, el propietario —o el poseedor— del conocimiento debe mantenerlos apartados, acelerando el primero y ralentizando el segundo. El valor disponible para los productores depende, entonces, en cada momento, del gap que consigan mantener entre la velocidad de la difusión y la de la socialización.

El poder contractual —sustituibilidad— de las diferentes partes y de los diferentes factores determina, a través de los precios de los conocimientos intercambiados en los mercados «intermediarios», la distribución del valor disponible entre empresas, por una parte, y entre factores, por otra.

El conocimiento informa de la acumulación de capital

La relación entre valor —de cambio— y conocimiento es muy compleja, debido a que está subordinada al efecto multiplicador de la difusión y al divisor de la socialización.

El capital interioriza las leyes de la valorización del conocimiento, es decir la lógica de los rendimientos decrecientes en el tiempo, de la aceleración de su difusión, de la limitación de su socialización, de la reducción, por todos los medios, de su carácter sustituible.

Además, se trata de un proceso que permanece siempre, en una cierta medida, indeterminado

No hay una manera óptima de emplear los conocimientos con el fin de obtener de ellos el máximo beneficio, ya que cada operador debe explorar por cuenta propia el espacio de las diferentes posibilidades de difusión, de socialización y de sustitución en la supply chain —cadena de la oferta.

De hecho, la acumulación de conocimientos y de valor que generan es un proceso experimental que adquiere forma en diferentes contextos, y que se efectúa sin que los resultados estén predeterminados. Esto no tiene nada que ver con la homogeneidad del capital dinero, que pretende prever y nivelar las tasas de beneficio de las diferentes unidades abstractas del capital.

Los procesos cognitivos parten de contextos diferentes y operan de manera experimental

De este modo no admiten una respuesta única, sino varias. La variedad de las situaciones y de las estrategias posibles diferencia estructuralmente y de modo duradero las diferentes unidades del capital cognitivo.

Cada una incorpora conocimientos de procedencias diferentes, adopta sentidos de valorización diferentes para que, in fine, cada unidad obtenga una tasa de beneficio diferente.

Lo que entonces falla es la abstracción real —la reducción del trabajo a tiempo de trabajo—, gracias a la cual el capital marxista realizaba la subsunción del «trabajo vivo», reduciéndolo a capital dinero. En la subsunción de los conocimientos, el capital cognitivo permanece contextual y diferenciado, aunque utiliza, en parte, el conocimiento abstracto.

De esta suerte, la igualación de las tasas de beneficio, que vuelve homogéneo al capital financiero, dándole la forma de capital-dinero, se ve manifiestamente impugnada.

La razón estriba en la naturaleza localizada, específica, en parte autorreferencial, del capital cognitivo, que el capital financiero pretende nivelar y dirigir. El capital-dinero no llega, en realidad, a afirmar su homogeneidad a no ser que separando el nivel financiero del nivel productivo, en el que los capitales cognitivos son y permanecen profundamente diferenciados.

Las dos «almas» del capital, es decir la forma conocimiento —capital cognitivo— y la forma dinero —capital financiero—, no se basan la una en la otra: permanecen distintas, y dan lugar a toda una serie de mismatchings, incoherencias.

Los mismatchings típicos del capitalismo cognitivo

Dentro del capitalismo cognitivo, la lógica intrínseca de la valorización del conocimiento no coincide con los actores, más bien se opone abiertamente a ellos —a los empresarios en primer lugar, pero también a los trabajadores, a los consumidores, etc.—, que deberían producirlo y utilizarlo.

En otros términos: se crea una incoherencia, una forma de mismatching entre los valores que concurren en el ciclo de acumulación de los conocimientos, y los que concurren en la formación del valor. Acausa de esta incoherencia:

  1. El valor que puede ser extraído de los conocimientos producidos no es maximizado, ya que su difusión sigue siendo inferior a aquella potencialmente posible.
  2. Si debido precisamente a esta falta de difusión no hay suficientes garantías sobre los rendimientos, no se realizan nuevas inversiones en conocimientos; o bien se realizan en cantidad menor en relación a lo que habría sido posible y deseable para la sociedad.

En el primer caso, hay una pérdida social, un uso poco eficiente de un recurso disponible. En el segundo, hay subacumulación, tanto en el plano cognitivo como en el del valor: la productividad y la renta producida crecen menos que lo que sería posible obtener si se aumentaran de manera apropiada las inversiones en aprendizaje.

Se trata de dos situaciones sobre las que se puede intervenir: en lo que atañe a la empresa se puede intervenir mediante innovaciones organizativas, contractuales, institucionales, que reduzcan los efectos de los mismatchings; desde el punto de vista político, se puede intervenir por innovaciones institucionales y contextuales que vuelvan al mismo tiempo gobernable el mismatching y realizables las inversiones socialmente convenientes.

En el funcionamiento del capitalismo cognitivo hay al menos tres grandes ocasiones de mismatching, en función de la oposición que aparece entre:

  1. La difusión y la apropiación. El conocimiento genera valor si es difuso, pero la difusión tiende a reducir su grado de apropiabilidad.
  2. El tiempo de la vida y el tiempo de la producción. El tiempo de vida procede con la lentitud necesaria del aprendizaje complejo. El tiempo de la producción está por el contrario dominado por la velocidad de aprendizaje simplificado, que genera un mundo extraño, alienante, de objetos y de comportamientos, en relación al mundo de la vida.
  3. El riesgo y la inversión cognitiva. Las personas, las empresas y los territorios corren el riesgo de equivocarse cuando buscan orientarse en las situaciones complejas, en las que el valor de sus propios recursos no está garantizado. Con el fin de minimizar el riesgo, reducen las inversiones en nuevos conocimientos, poniéndose de este modo al margen del proceso de aprendizaje social y de producción de valor.

Un esbozo de los capitalismos posibles

Los tres problemas aquí mencionados nos ofrecen la posibilidad de esbozar las diferentes variantes del capitalismo cognitivo. Los países, las regiones, las empresas, los trabajadores y los consumidores han escogido, en el curso del tiempo, posicionamientos diferentes en este esbozo ideal de las respuestas posibles.

Algunos incluso han introducido innovaciones técnicas, organizativas e institucionales capaces de desplazar el trade-off (arbitrio) y de engendrar esta suerte de nuevo valor potencial. Cuando ha habido avances notables en este terreno, ha cambiado la orientación tomada por la gestión de los trade-off.

Esto ha creado una discontinuidad entre «el antes» y «el después» que podemos describir correctamente como un cambio de paradigma, como el paso de un capitalismo cognitivo a otro.

Los diferentes paradigmas que han ido sucediéndose desde la revolución industrial —el capitalismo mercantil en el siglo diecinueve, el fordismo en el veinte, el postfordismo en nuestro siglo— han reposado, a su vez, sobre avances importantes bajo una forma u otra en los trade-off arriba mencionados. En el curso del tiempo, estos paradigmas han realizado sistemas coherentes de gestión del circuito cognitivo.


ESTA ES UNA VERSIÓN DEL ARTÍCULO: EL CAPITALISMO COGNITIVO ¿UN DÉJÀ-VU?; EDICIÓN Y APTACIÓN POR CHAMBA.COOP.

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